Latina civil rights activist Dolores Huerta speaks at a campaign rally at William J. McAdam Park in Palmdalem, Calif., in October 2018.
Irfan Khan/Los Angeles Times/TNS
Pie de foto traducido al español: “Activista latina de derechos civiles, Dolores Huerta, habla en un mitin de campaña en el Parque William J. McAdam, en Palmdale, California, EE.UU. en octubre de 2018.
Irfan Khan/Los Angeles Times/TNS
Dolores Huerta siempre ha sido reconocida como una mujer fuerte, una líder, una voz dentro del movimiento campesino. Pero recientemente, al hablar sobre su experiencia trabajando junto a César Chávez, nos mostró algo aún más poderoso: la vulnerabilidad de decir la verdad.
Sus palabras no solo reescriben una parte de la historia, sino que también nos obligan a mirarnos a nosotros mismos. A nuestra cultura.
Por mucho tiempo, la historia del movimiento campesino se ha contado como una lucha colectiva, llena de sacrificio y resistencia. Y lo fue.
Pero dentro de esa lucha también existían dinámicas de poder, silencios incómodos y desigualdades que no siempre se reconocieron, especialmente cuando se trataba de mujeres.
Huerta, una de las mentes más importantes del movimiento, no siempre recibió el respeto o el espacio que merecía. Algo que ha sido común para una mujer que trata de involucrarse en cualquier movimiento político.
Décadas después del movimiento campesino, Dolores Huerta finalmente comenzó a compartir aspectos de su experiencia que por mucho tiempo permanecieron en silencio.
Sus palabras no llegaron en un solo momento, sino a lo largo de entrevistas recientes, mostrando que a veces decir la verdad es un proceso que toma años.
Al hablar sobre su relación con César Chávez, Huerta nos recuerda que el silencio no siempre es una elección, sino algo que muchas veces se aprende y se hereda.
Lo que más impacta de sus recientes declaraciones no es solo lo que vivió, sino cuánto tiempo tomó decirlo. Y ahí es donde su historia deja de ser solo historia y se convierte en algo profundamente personal para muchos de nosotros.
En la cultura latina, existe una enseñanza silenciosa pero constante: aguántate. No hagas problemas. Respeta, aunque te duela.
Desde niños, muchos crecemos viendo a nuestros padres cargar con injusticias sin decir nada. Vemos a nuestras madres sacrificarse en silencio.
Aprendemos que hablar puede ser visto como falta de respeto, que defenderse puede ser interpretado como rebeldía.
Y así, sin darnos cuenta, heredamos el silencio.
La historia de Huerta refleja exactamente eso. Una mujer brillante, fuerte, capaz de liderar movimientos enteros, que aun así tuvo que navegar espacios donde su voz no siempre fue valorada como debía.
¿Cuántas de nuestras madres, tías, o incluso nosotras mismas hemos pasado por algo similar, en menor o mayor escala? ¿Cuántas veces hemos decidido quedarnos calladas para “mantener la paz?”
Pero la paz que se construye sobre el silencio no es paz; es peso.
El silencio tiene un costo. Se acumula en el cuerpo, en la mente, en el corazón. Se convierte en resentimiento, en tristeza, en una sensación constante de no ser suficiente o no ser escuchado.
Cuando Dolores Huerta habla ahora, no solo está contando su historia; está rompiendo un ciclo.
Nos está dando permiso, de alguna manera, para hacer lo mismo.
De cuestionar lo que nos enseñaron. De entender que el respeto no debería significar silencio. Que el amor no debería doler.
Defender nuestra voz no es traicionar nuestras raíces. Al contrario, es honrarlas.
Nuestra generación tiene una responsabilidad distinta. Tenemos la oportunidad de desaprender lo que nos hizo daño y construir algo mejor.
Hablar, poner límites, expresar dolor. Todo eso también es parte de sanar.
Porque al final, callar no nos protege. Callar también duele.
Y tal vez, como nos enseña Huerta, nunca es demasiado tarde para empezar a hablar.
**Corrección, 3/4/2026: el apóstrofo se movió de dentro a fuera del signo de interrogación al final del párrafo 15.**
